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La
colina de los chopos
Álvaro Mutis |
Allá por los años finales de mi adolescencia, mientras buscaba afanoso en la Biblioteca Nacional de Bogotá, Colombia, todo lo que hubiese sobre los miembros de la Generación del 27, me enteré de la existencia de esa institución que ya tuvo para mí una carga mítica notable y que era la Residencia de Estudiantes de Madrid. Pasaron varias décadas y la información se iba enriqueciendo con anécdotas que escuchaba en boca de don José Prat García, don Luis de Zulueta y Gabriel Trillas, españoles ilustres en exilio en Colombia, quienes se referían a la Residencia con una devoción muy particular. Cuando llegué a México, en octubre de 1956, entré en relación con Luis Buñuel y se estableció entre nosotros una amistad cuyo calor aún perdura intacto en mis recuerdos. Fue Luis quien me habló de la Residencia con detalles de una realidad contundente, un entusiasmo sin tregua y la certeza de algo vivido por él como una experiencia de una densidad y un disfrute muy particulares. Pero en mí continuaba pesando, respecto a ese supuesto paraíso de la inteligencia y del servicio al arte, un aura difícil de precisar pero siempre presente, en la que se mezclaba ese aspecto mítico de algo que no podía haber existido en la realidad y que, al mismo tiempo, era recordado con una evidencia irrebatible por personas cercanas a mi admiración y a mis afectos. La primera vez que fui a España, allá por los primeros años sesenta, no me atreví a acercarme a la Colina de los Chopos ni a pasar siquiera frente a las rejas de la Calle Pinar. Alguien comentó una noche de jerez y flamenco en una taberna madrileña, respondiendo a una pregunta mía, que la Residencia ya no era la de antes y que su historia pertenecía a un pasado irrescatable. Fue como si me hubieran arrancado de un sueño inefable para dejarme en el desamparo de un presente que yo rechazaba sin reservas. Hacia los primeros ochenta, los dioses me concedieron la oportunidad de vivir en la Residencia algunas semanas. Pocas veces me ha regalado la vida esa maravilla de rescatar intacta una ilusión que pensábamos desvanecida para siempre. Ni un rincón, el más escondido, de los edificios, ni un breve trayecto del camino entre los chopos, ni uno solo de los comensales a la hora del almuerzo o la cena, ni uno solo de los gatos de andar pausado y dominador que reinaban en el jardín, se salieron del marco que yo les había construido en mis largas tardes en Bogotá, cuando repasaba la colección de la Revista de Occidente de la segunda década del siglo, conservada para mi dicha en los anaqueles de la Biblioteca Nacional. He vuelto muchas veces a residir en la Colina de los Chopos, esa certeza de haber rescatado para mí y para mis ejercicios con la poesía ese territorio intocado que se levanta en medio de Madrid para conservar la más alta muestra del alma de una España eterna, generosa e iluminada; esa presencia intacta y necesaria sólo ha conseguido hacerse aún más irrebatible. Cuando remonto el camino que lleva desde las rejas de la entrada hasta los cristales de la fachada principal, siempre siento como si penetrase a un «hortus clausus» salido de un poema de Don Antonio Machado o de una página en prosa de las no muy abundantes pero cuán sabias de Luis Cernuda. Es muy difícil, pasados ya tantos años, dejar un testimonio válido de lo que ha sido para mí la permanencia, en un presente que sólo rechazo me causa, de ese denso y fértil milagro del espíritu español que se llama la Residencia de Estudiantes. Mientras ella exista, la vida tiene aún para mí la trascendencia necesaria para seguirla soportando. |